La evolución del precio del oro ha vuelto a poner el foco sobre joyas heredadas que permanecían guardadas desde hacía años. Sin embargo, conocer el peso y la ley del metal no siempre basta para determinar cuánto vale realmente una pieza. La época, la autoría, las piedras, el estado de conservación o su procedencia pueden situarla en una categoría muy diferente. Esta distinción resulta especialmente relevante en el mercado de la alta joyería antigua en España, donde una joya conservada durante generaciones puede tener un valor que trascienda ampliamente el del metal.
"Una joya no se mira: se le da la vuelta. El anverso es lo que el joyero quiso enseñar. El reverso es lo que no pudo esconder", explica Wendy González, fundadora de Havana Joyeros, tasadora de alhajas acreditada por AETA y gemóloga titulada y experta en diamantes por el Instituto Gemológico Español (IGE). Ese gesto resume parte del proceso de autentificación: observar el interior de un aro, el reverso de un cierre o la trasera de un engaste permite localizar punzones, técnicas de fabricación y posibles intervenciones posteriores que ayudan a reconstruir la historia de una joya.
Antes de fundir una joya, el peso del oro no debería ser el único criterio
La revalorización del metal puede llevar a considerar una joya antigua fundamentalmente como una determinada cantidad de oro. Una tasación especializada, en cambio, estudia elementos capaces de modificar sustancialmente su valoración. Entre ellos se encuentran la época, la autoría, la originalidad y calidad de las piedras, el estado de conservación y la trazabilidad.
"Fundir es la única decisión irreversible de este oficio. El oro se recupera. La pieza, no", señala González. La diferencia resulta especialmente significativa en joyas de época cuyas técnicas, diseños o tallas han dejado de reproducirse, así como en piezas firmadas o acompañadas de documentación que permite acreditar su procedencia.
"Una parte considerable de las piezas que llegan a nuestra mesa han sido valoradas antes solo por peso. Nadie miró la época, ni la autoría, ni la calidad de las piedras. Y esas tres cosas son, muy a menudo, casi todo el valor", añade la fundadora de Havana Joyeros.
Un brazalete art déco firmado y conservado con sus piedras originales, por ejemplo, puede pertenecer a una categoría completamente distinta de la que determinaría únicamente su contenido en oro. Los punzones, la coherencia entre materiales y técnicas, las tallas de las piedras y la documentación disponible forman así parte del análisis previo a cualquier decisión irreversible.
Las joyas heredadas conservan también una memoria familiar
La valoración adquiere otra dimensión cuando las piezas proceden de una herencia. Broches, sortijas, gargantillas o alianzas pueden haber pasado de generación en generación sin que sus propietarios conozcan su fecha, autoría o relevancia dentro de la historia de la joyería.
"Lo que hoy llega a tasar no es solo oro: es memoria de familia. Nuestro trabajo empieza por distinguir qué debe conservarse y qué no", afirma González.
Este conocimiento especializado tiene también una geografía concreta. El barrio de Salamanca de Madrid concentra en un reducido perímetro anticuarios, casas de subastas y establecimientos vinculados a la joyería de época. Havana Joyeros desarrolla allí su actividad desde 2019 y dispone de dos establecimientos, situados en Velázquez, 9 y Núñez de Balboa, 32.
El interés generado por el oro puede convertirse, por tanto, en el punto de partida para redescubrir piezas cuyo valor permanecía oculto. En la alta joyería antigua en España, examinar una joya antes de venderla, transformarla o fundirla permite distinguir el valor estrictamente material de aquel que procede de su época, autoría, piedras, conservación e historia. En determinadas piezas heredadas, esa diferencia es precisamente la que permite preservar no solo un objeto valioso, sino también una parte de la memoria familiar.


